Catedral de la Almudena - Madrid

Hasta fecha muy reciente, Madrid no alcanzó uno de sus sueños más anhelados que, como ciudad, ha guardado en la memoria desde que en 1561 Felipe II fijó en ella la Corte: poseer un templo catedral. Se cierra el siglo XVI sin que Madrid pudiera ver cumplido su deseo. Durante el siglo XVII se hicieron nuevos esfuerzos por conseguir la segregación de Madrid respecto a Toledo, llegando Felipe III a obtener la autorización de Roma a través de una bula de Clemente VII para proceder a la construcción de una catedral en Madrid.

El rey y la reina Margarita ofrecieron entre ambos 650.000 ducados, pero a tan fuerte suma correspondió una no menos fuerte oposición del arzobispo de Toledo.
Así las cosas, serían Felipe IV y, sobre todo, su esposa doña Isabel de Borbón, quienes iniciaran de nuevo las gestiones para la construcción de una catedral en Madrid vinculada a la parroquia de Santa María de la Almudena. Nombrada una Junta para atender las obras de la futura catedral, a la que asistían el corregidor de Madrid, representantes de la reina, regidores de la villa y comisarios nombrados al efecto, se acordó, en 1624, fijar las condiciones, traza y planta del templo catedralicio, señalándose los nombres de Juan Gómez de Mora y de su aparejador Pedro Lizargárate para hacerlas.

El entusiasmo fue grande y Felipe IV, en el mismo año de 1624, dio una cédula en la que arbitra medios para hacer frente a la obra, a la que el Ayuntamiento de Madrid contribuiría con la importante suma de 200.000 ducados.

Pero el proyecto de una catedral para Madrid, no pasó de estos preliminares,  y tras una fugaz propuesta de Sacchetti  en 1738, se resucitó de nuevo en el ámbito real, y con algunos cambios, la historia volvió a repetirse. No es ahora Felipe IV, sino Alfonso XII.

No es la reina Isabel de Borbón, pero sí el dolor por la muerte de la reina María de las Mercedes de Orleans, ambas devotas de la Virgen de la Almudena, el que actuará de motor definitivo del templo madrileño frente al Real Palacio, en la segunda mitad del siglo XIX.

La creación de la diócesis Madrid-Alcalá fue realidad a partir de una bula dada por León XIII, en 1885, y aprobada por el Ministerio de Gracia y Justicia aquel mismo año que conocería la muerte de Alfonso XII.

Por todo ello la catedral de Santa María de la Almudena de Madrid es, al final, el resultado de una compleja situación en la que, tras un secular forcejeo de intereses diocesanos y políticos, se consiguió segregar de la archidiócesis de Toledo la nueva de Madrid-Alcalá, en cuyo éxito tuvo un papel principal el Nuncio Apostólico en España, monseñor Mariano Rampolla.

El imponente proyecto definitivo se sancionó por Real Orden en 1880 y fue ultimado hacia 1881. Conforme a este proyecto comenzaron las obras en 1883 y ya no hubo más cambios, pues, en proceso de construcción, el templo, que ya se había concebido con pujos catedralicios, sirvió para apoyar la petición de la nueva sede episcopal que se alcanzó, finalmente, en 1885.

Su inauguración definitiva no se produce hasta 1993, año en que fue consagrada por el Papa Juan Pablo II.